Bloqueos navales: cuando las olas se convierten en arma. Historia, comercio y el eterno castigo a las naciones más débiles

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Los bloqueos navales no son una novedad del siglo XXI. Son una tecnología de poder tan antigua como el comercio mismo. Y cada vez que uno se activa, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién paga realmente la factura?

En posts anteriores, hemos hablado del Estrecho de Ormuz como uno de los nodos más críticos de la economía global: el punto por donde transita cerca del 21% del petróleo mundial y por donde pasan los alimentos, el agua desalinizada y los insumos industriales que sostienen la vida en el Golfo Pérsico. Pero la tensión actual en esa región no es un fenómeno aislado ni nuevo. Es el último capítulo de una historia milenaria en la que el control del mar ha sido, y sigue siendo, una de las formas más devastadoras de ejercer poder sobre otras naciones. Hoy quiero explorar esa historia, sus mecanismos económicos y lo que nos dice sobre el conflicto que vivimos hoy.

El bloqueo naval como instrumento de guerra económica: una definición

Un bloqueo naval es el uso deliberado del poder marítimo para impedir que una nación —o una región— reciba o exporte bienes por vía marítima. En términos del derecho internacional, es un acto de guerra reconocido desde la Declaración del Derecho Marítimo de París de 1856, que estableció normas para su ejercicio “efectivo” y su alcance legal. Pero más allá de los tecnicismos jurídicos, lo que hace al bloqueo naval tan poderoso como arma es algo que entendemos bien desde la economía: interrumpir el comercio es interrumpir la vida misma de una sociedad. (les recomiendo leer este blog al respecto).

El comercio marítimo no es una opción más entre muchas. Es, desde hace siglos, la columna vertebral del intercambio global. Como señalaba Geoffrey Till en su análisis del poder naval, el mar no es un vacío: es infraestructura de poder. Y quien controla esa infraestructura, controla el destino económico de quienes dependen de ella.

Los bloqueos navales como herramienta de guerra del Mediterráneo antiguo al siglo XX

La historia de los bloqueos navales es tan larga como la historia del capitalismo mercantil —y en realidad la precede con creces.

Atenas y el bloqueo del Helesponto (405 a.C.) fue uno de los primeros bloqueos estratégicos documentados. Esparta, al cortar el suministro de granos desde el Mar Negro hacia Atenas, logró lo que ningún ejército terrestre había conseguido: rendir a la ciudad más poderosa de Grecia. La lección es brutal en su simplicidad — una ciudad que no puede alimentarse, no puede resistir.

Durante el período napoleónico, el Bloqueo Continental (1806-1814) representa quizás el primer intento moderno de guerra económica total. Napoleón prohibió a toda Europa continental comerciar con Gran Bretaña, buscando asfixiar su economía industrial. El resultado fue paradójico: Gran Bretaña sufrió, sí, pero también se vio obligada a diversificar mercados hacia América Latina (abriendo rutas que luego consolidarían el comercio atlántico), mientras que Francia y sus aliados perdieron acceso a manufacturas británicas y a insumos coloniales que resultaron ser insustituibles. Como analizó David Landes en The Wealth and Poverty of Nations, los bloqueos que pretenden aislar a un poder industrial terminan por reorganizar el comercio global más que por destruirlo — pero siempre a costa de los actores más débiles de la cadena. Por cierto, una reconfiguración muy similar a lo que estamos observando en la actual invasión de Estados Unidos e Israel contra Irán.

La Guerra Civil Estadounidense (1861-1865) provee uno de los ejemplos más estudiados del impacto de un bloqueo sobre economías dependientes de un solo producto. La Unión bloqueó los puertos del Sur, impidiendo la exportación de algodón hacia Europa. El efecto inmediato se sintió no en los campos de batalla de Virginia, sino en los telares de Lancashire, Inglaterra, y en las hilaturas de Lyon, Francia. Miles de trabajadores textiles europeos quedaron desempleados. El Sur, incapaz de financiar su guerra con las divisas del algodón, colapsó también económicamente. El bloqueo no fue un complemento de la estrategia militar: fue parte central de ella. Esta estrategia —conocida como el Anaconda Plan del General Winfield Scott— es un manual clásico sobre cómo el control marítimo puede sustituir batallas terrestres costosas.

El bloqueo aliado a Alemania durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue quizás el más mortífero de la historia moderna en términos de impacto sobre la población civil. La Royal Navy cortó el acceso alemán a alimentos, fertilizantes y materias primas. Se estima que entre 400,000 y 750,000 civiles alemanes murieron por desnutrición y enfermedades relacionadas con el hambre durante y después del conflicto. El historiador económico Avner Offer en su obra The First World War: An Agrarian Interpretation documentó cómo la dependencia alemana de las importaciones de nitratos para fertilizantes —que llegaban por mar— fue uno de los factores decisivos en el colapso de su capacidad de producción de alimentos. Una lección que los estrategas militares no han olvidado.

Ya en el siglo XX, el bloqueo naval de Cuba por Estados Unidos durante la Crisis de los Misiles (1962) —llamado eufemísticamente “cuarentena” para evitar la connotación de acto de guerra— mostró el bloqueo como instrumento de disuasión nuclear. Pero el embargo comercial prolongado que le siguió durante décadas ilustra algo más relevante para este análisis: el bloqueo económico crónico como herramienta de presión sobre naciones más débiles tiene efectos acumulativos devastadores sobre el bienestar de la población civil, independientemente de los objetivos políticos declarados.

La mecánica económica del bloqueo: por qué golpea más duro a los más débiles

Aquí es donde la historia converge con la teoría económica y con el debate Norte-Sur que atraviesa siempre mi investigación académica. Cuando hablamos de un bloqueo naval, no lo debemos analizar como un hecho aislado, sino como un factor más al contexto que actúa sobre la economía de una nación a través de varios mecanismos simultáneos que distorsionan la oferta y demanda global:

Primero, interrumpe la oferta de bienes esenciales. Las naciones que importan alimentos, energía o insumos industriales ven inmediatamente amenazada su seguridad básica. No todas las economías tienen la misma capacidad de sustitución. Un país con industria diversificada y mercado interno amplio puede aguantar meses; uno que importa el 80% de sus alimentos —como varios países del Golfo Pérsico hoy, o como la Grecia clásica hace 2,400 años— entra en crisis en un cerrar de ojos.

Segundo, dispara la prima de riesgo y los costos logísticos. Como indicaba en posts anteriores sobre el Estrecho de Ormuz, no hace falta que falte físicamente el petróleo para que suban los precios: basta que suba la percepción de riesgo para que los seguros marítimos se encarezcan, los fletes aumenten y las navieras desvíen rutas. Este incremento de costos se traslada río abajo, hacia los consumidores finales, con especial ferocidad en los países más pobres, donde la elasticidad de la demanda de alimentos y energía es naturalmente baja.

Tercero, deteriora los términos de intercambio de las naciones exportadoras. Si un país exporta un producto primario —café, petróleo, banano, algodón— y ese canal de exportación se interrumpe, el impacto es doble: pierde ingresos de divisas y ve deteriorarse su posición fiscal. Las grandes potencias que imponen bloqueos, en cambio, suelen tener acceso a mercados alternativos y reservas que amortiguan el golpe.

Esta asimetría no es accidental. Es estructural. Y reproduce exactamente el patrón que la literatura sobre dependencia y sistemas-mundo —desde Raúl Prebisch y la CEPAL hasta Immanuel Wallerstein— ha documentado históricamente: el comercio internacional no opera en condiciones de igualdad, y los instrumentos de coerción económica —incluidos los bloqueos— tienden a reforzar, no a cuestionar, esa desigualdad.

Imagen del USS Stark tras ser alcanzado por dos misiles iraquíes “Exocet” en 1987 durante la Guerra de los tanqueros.

Los efectos en el Estrecho de Ormuz actualmente: el bloqueo que no necesita declararse

El conflicto actual en Asia Occidental ha reactivado la amenaza sobre el Estrecho de Ormuz con una intensidad que no veíamos desde la Guerra de los Tanqueros en los años 80 entre Iraq e Irán. Y lo que resulta fascinante —y perturbador— desde una perspectiva histórica es que el bloqueo ya no necesita ser declarado formalmente para producir sus efectos.

El simple incremento de riesgo percibido ha sido suficiente para disparar los precios del seguro marítimo, generar desvíos de rutas hacia África, acumular buques varados y trasladar presión inflacionaria a cadenas de suministro que dependen de esa vía. Como he indicado, por Ormuz transitan cerca del 21% del petróleo mundial, aproximadamente el 35% de las importaciones de trigo de los países que conforman el Consejo de Cooperación del Golfo y grandes volúmenes de insumos petroquímicos que alimentan industrias globales de plástico, farmacéuticos y fertilizantes.

Pero hay algo más que los libros de historia nos recuerdan: los bloqueos navales no terminan cuando se firma la paz. Sus efectos —inflación estructural, deterioro de las cadenas de suministro, deuda acumulada por importaciones más caras, pérdida de competitividad de exportadores periféricos— pueden durar años. Y como siempre, quienes menos herramientas tienen para protegerse son quienes pagan la factura más larga.

El Sur Global no controla ni las navieras, ni los mercados de seguros, ni los mercados de futuros del petróleo, ni los puertos hub que redistribuyen la carga. Tampoco tiene capacidad de imponer bloqueos. Pero sí tiene que absorber sus consecuencias cada vez que las grandes potencias deciden que el mar es un campo de batalla. Es de esperarse que durante varios años estas disrupciones de las cadenas de suministro afecten los bolsillos y la seguridad alimentaria de millones de personas en el Sur Global y que sea la causa de innumerables muertes por desnutrición y desabasto.

La historia no termina: el mar seguirá siendo político

Desde el Helesponto hasta Ormuz, la lección de fondo no ha cambiado: el que controla el mar controla el precio de las cosas, y con ello, el destino de naciones enteras. Los bloqueos navales son la forma más antigua y efectiva de convertir la geografía en poder. Lo que sí ha cambiado es la escala del impacto en todo el planeta.

En un mundo de cadenas globales de valor, donde un contenedor varado en el Golfo puede traducirse en una línea de producción detenida en Asia o en un estante vacío en América Latina, el impacto de cualquier disrupción marítima se multiplica de formas que ningún almirante del siglo XIX habría podido imaginar.

Por eso, estudiar la historia de los bloqueos navales no es un ejercicio nostálgico. Es una herramienta para entender el presente. Y para quienes trabajamos en comercio internacional, política económica o desarrollo, es también un recordatorio incómodo: mientras el poder global siga concentrado en quienes controlan la circulación, los países del Sur seguirán siendo vulnerables, no por falta de recursos, sino por falta de control sobre los nodos por donde esos recursos deben pasar.

Lecturas recomendadas para profundizar:

Este post es parte de la serie sobre geopolítica y comercio del blog. Si te interesa el tema de los estrechos estratégicos, te recomiendo leer también los posts anteriores: “La geografía vuelve a mandar: Malaca y Ormuz en tiempos de la nueva guerra” y “Mucho más que gasolina: el petróleo está oculto en las cadenas globales cotidianas”.

Mucho más que gasolina. El petróleo está oculto en las cadenas globales cotidianas

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La crisis en Asia no solo encarece el petróleo. También altera la disponibilidad de insumos que impactan en la vida diaria de todas las personas en el mundo, presiona las cadenas globales de suministro y revela por qué la elasticidad de la demanda importa tanto para entender los choques geopolíticos en la economía mundial.

Una guerra en Asia Occidental afecta la extracción, producción y refiniamiento del petróleo, el gas y de un sinfín de insumos petroquímicos básicos para la industria global. Pero su impacto secundario y del cual no se habla mucho, se extiende a toda la cadena industrial que depende de ellos. La disponibilidad se reduce primero en la base del sistema económico, pero la escasez se transmite después a los productos intermedios y finales. Lento pero seguro, los precios aumentan con especial velocidad en esos lugares donde la demanda y la oferta son menos elásticas. Por eso, entender la petroquímica desde una visión geográfica y económica no consiste solo en identificar productos, sino en comprender cómo territorio, logística, poder y elasticidad se articulan dentro de las cadenas globales de suministro. En ese cruce entre geopolítica y economía es donde una guerra regional se transforma en inflación global, vulnerabilidad industrial y reconfiguración competitiva.

Cuando la geopolítica se convierte en escasez cotidiana

Cada vez que estalla una crisis militar en Asia Occidental —región más conocida, aunque de forma imprecisa, como Medio Oriente—, además de la tragedia humana y sus consecuencias geopolíticas, suele intensificarse la atención pública sobre el precio del petróleo para el transporte. Sin embargo, desde una visión global más completa, el verdadero problema es más amplio: lo que entra en tensión no es solo un recurso energético, sino una arquitectura territorial completa de producción, transporte, transformación industrial y distribución global. Asia Occidental no es importante únicamente por sus reservas de hidrocarburos, sino por su posición en corredores estratégicos que sostienen el abastecimiento energético y petroquímico del mundo. Cuando esa región entra en guerra, el impacto no se queda en los mercados energéticos y se transmite hacia productos vitales de la vida humana como fertilizantes, plásticos, fibras sintéticas, empaques, detergentes, recubrimientos, componentes industriales y, finalmente, hacia bienes de consumo cotidiano y etc., etc., etc…

La cadena petroquímica permite observar este proceso con claridad como se observa en la siguiente gráfica elaborada con Google Notebook. En su base se ubican el petróleo y el gas; luego aparecen insumos como nafta, etano, propano, butano y condensados; posteriormente los químicos básicos, como etileno, propileno, metanol, amoniaco y aromáticos y, más arriba, los intermedios y productos finales que alimentan industrias como la textil, la automotriz, la farmacéutica, la electrónica y la construcción. En otras palabras, el actual shock geopolítico en Irán y los países vecinos no solo compromete el precio y disponibilidad de los combustibles, sino que altera una infraestructura material de la globalización. Esta lectura coincide con la literatura sobre cadenas globales de valor y redes globales de producción, que entiende la economía mundial como un sistema fragmentado territorialmente, pero estrechamente coordinado por relaciones de poder, logística y gobernanza empresarial.

Qué productos se afectan primero y cuáles después

Los productos directamente afectados son los que dependen de manera inmediata de la extracción: el petróleo, el gas y las materias primas petroquímicas básicas. Si una guerra daña infraestructura como ya estamos viendo en las noticias, encarece seguros marítimos, interrumpe rutas como el Estrecho de Ormuz o eleva la percepción de riesgo, estos insumos son los primeros en sufrir restricciones de disponibilidad. El efecto inicial es, por tanto, río arriba.

Después (semanas) aparecen los efectos secundarios, que se propagan hacia productos como resinas, plásticos, caucho sintético, fibras sintéticas, adhesivos, espumas, pinturas y detergentes. Estos no dependen directamente de un pozo petrolero o de un gasoducto, pero sí de la estabilidad en el suministro de etileno, propileno, aromáticos o gas natural.

La lógica es acumulativa: primero suben los costos de los insumos base, luego se encarecen los químicos básicos, y finalmente se presionan las manufacturas y los bienes finales. Desde la economía política internacional, este fenómeno confirma que la interdependencia global no elimina la vulnerabilidad; más bien la redistribuye a través de redes complejas en regiones del sur global que no fabrican estos productos primarios y a algunos sectores que absorben el choque antes que otros (preocupantemente en la industria de alimentos en los países más pobres).

Por eso, aunque el conflicto ocurra lejos del consumidor final, sus efectos terminan siendo tangibles en sectores como empaques, alimentación, ropa, electrodomésticos, vehículos, farmacéuticos, materiales de construcción o productos de cuidado personal. La disrupción comienza en la energía, pero no termina allí. Llega a los estantes, a las cadenas logísticas, a los márgenes empresariales y a la inflación de bienes intermedios y finales. Lo que parece una crisis “regional” se convierte rápidamente en una perturbación sistémica.

Elasticidad de la demanda: la clave para entender por qué los precios suben tanto

Aquí entra un concepto central de la microeconomía con profundas implicaciones geográficas: la elasticidad-precio de la demanda. Esta mide cuánto cambia la cantidad demandada cuando cambia el precio. Cuando la demanda es inelástica, los consumidores o las industrias no pueden reducir significativamente su consumo aunque el precio aumente. Eso es exactamente lo que ocurre, en el corto plazo, con muchos energéticos y petroquímicos básicos. Las refinerías, las plantas químicas, los sistemas de transporte, las cadenas industriales y los procesos manufactureros no pueden sustituir rápidamente ciertos insumos sin incurrir en costos elevados o sin detener producción.

Arezki y Blanchard en un paper para el FMI explican que, cuando la oferta y la demanda son poco elásticas, incluso perturbaciones relativamente acotadas pueden traducirse en variaciones fuertes de precios. En el caso del petróleo, esto ayuda a entender por qué una amenaza geopolítica puede disparar los mercados antes de que exista una escasez material plena. No se trata solo de cuántos barriles faltan, sino de cuán difícil es ajustar el sistema en el corto plazo. La expectativa de una interrupción, en un mercado rígido, ya es suficiente para amplificar el precio. Robert McNally lo analiza también en su libro Crude Volatility: The History and the Future of Boom-Bust Oil Prices detallando como los “boom” petroleros han causado la riqueza de unos y la pobreza de muchos otros.

La literatura sobre energía refuerza esta idea. El meta-análisis de Labandeira, Labeaga y López-Otero muestra que la demanda energética tiende a ser inelástica tanto en el corto como en el largo plazo, aunque con diferencias por tipo de energía, sector y contexto nacional. En el corto plazo, la rigidez es especialmente visible: hogares, empresas y Estados no pueden transformar de un día para otro su matriz energética, sus tecnologías o sus proveedores. En consecuencia, el ajuste frente a una crisis se realiza más por precio que por sustitución inmediata.

La elasticidad también es geografía

Desde la Geografía Económica, la elasticidad no debe entenderse solo como una relación abstracta entre precio y cantidad. También expresa una condición territorial, tecnológica e institucional. Un país que importa casi todos sus energéticos, una industria que opera con un único insumo petroquímico, una naviera que depende de una ruta crítica o una fábrica sin proveedores alternativos muestran formas concretas de rigidez estructural. La baja elasticidad, en este sentido, no es solamente un dato económico: es una manifestación de dependencia espacial.

Yeung y Coe sostienen que las redes globales de producción funcionan bajo presiones simultáneas de costo, poder de mercado, disciplina financiera y riesgo territorial. La guerra en Asia Occidental altera precisamente ese entorno de riesgo y obliga a las empresas a recalcular rutas pasando por África, buscar nuevos proveedores en Rusia u otros lugares, revisar los inventarios y calcular de nuevo los costos de aprovisionamiento. Así, la geopolítica no aparece como un “shock externo” al mercado, sino como una dimensión fundamental de su funcionamiento. La economía global no flota en el vacío: descansa sobre territorios específicos, corredores estratégicos e infraestructuras vulnerables.

Cadenas de suministro, poder y vulnerabilidad

La perspectiva de las cadenas globales de valor y de las cadenas globales de mercancías, desarrollada en obras de autores como Gary Gereffi, Miguel Korzeniewicz y, más recientemente, Stefano Ponte, permite entender que no todos los actores enfrentan una crisis de la misma manera. Las grandes multinacionales con capacidad de diversificar proveedores, asegurar inventarios, renegociar contratos o trasladar costos tienen mayor margen de maniobra. En cambio, los países periféricos e incluso los monopolios en estos países que son importadores netos de energía suelen absorber el impacto con menos instrumentos. Por ello, la guerra en Asia Occidental no solo está elevando los precios. También está redistribuyendo el poder dentro de toda la economía mundial. Mientras algunos actores convierten la crisis en una oportunidad para especular o enriquecerse con información privilegiada, y mientras otros aprovechan para especular con el reposicionamiento estratégico, otros (la gran mayoría) enfrentan deterioro de su competitividad, mayor vulnerabilidad externa y una dependencia más profunda que durará meses o años en recuperarse según se perfila el actual conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel con el ataque preventivo en Irán.

Una vez más, con la crisis y la guerra, reconfirmamos que la globalización no eliminó la geografía. La volvió más estratégica. Los cuelos de botella marítimos como el Estrecho de Hormuz y las capacidades logísticas son parte de una misma estructura de gobernanza material. Cuando uno de esos nodos se desestabiliza, toda la red siente el impacto. Y, quienes pagan las facturas más caras son los consumidores finales en todas las esquinas del mundo.

Lecturas mencionadas en este post: