Bloqueos navales: cuando las olas se convierten en arma. Historia, comercio y el eterno castigo a las naciones más débiles

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Los bloqueos navales no son una novedad del siglo XXI. Son una tecnología de poder tan antigua como el comercio mismo. Y cada vez que uno se activa, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién paga realmente la factura?

En posts anteriores, hemos hablado del Estrecho de Ormuz como uno de los nodos más críticos de la economía global: el punto por donde transita cerca del 21% del petróleo mundial y por donde pasan los alimentos, el agua desalinizada y los insumos industriales que sostienen la vida en el Golfo Pérsico. Pero la tensión actual en esa región no es un fenómeno aislado ni nuevo. Es el último capítulo de una historia milenaria en la que el control del mar ha sido, y sigue siendo, una de las formas más devastadoras de ejercer poder sobre otras naciones. Hoy quiero explorar esa historia, sus mecanismos económicos y lo que nos dice sobre el conflicto que vivimos hoy.

El bloqueo naval como instrumento de guerra económica: una definición

Un bloqueo naval es el uso deliberado del poder marítimo para impedir que una nación —o una región— reciba o exporte bienes por vía marítima. En términos del derecho internacional, es un acto de guerra reconocido desde la Declaración del Derecho Marítimo de París de 1856, que estableció normas para su ejercicio “efectivo” y su alcance legal. Pero más allá de los tecnicismos jurídicos, lo que hace al bloqueo naval tan poderoso como arma es algo que entendemos bien desde la economía: interrumpir el comercio es interrumpir la vida misma de una sociedad. (les recomiendo leer este blog al respecto).

El comercio marítimo no es una opción más entre muchas. Es, desde hace siglos, la columna vertebral del intercambio global. Como señalaba Geoffrey Till en su análisis del poder naval, el mar no es un vacío: es infraestructura de poder. Y quien controla esa infraestructura, controla el destino económico de quienes dependen de ella.

Los bloqueos navales como herramienta de guerra del Mediterráneo antiguo al siglo XX

La historia de los bloqueos navales es tan larga como la historia del capitalismo mercantil —y en realidad la precede con creces.

Atenas y el bloqueo del Helesponto (405 a.C.) fue uno de los primeros bloqueos estratégicos documentados. Esparta, al cortar el suministro de granos desde el Mar Negro hacia Atenas, logró lo que ningún ejército terrestre había conseguido: rendir a la ciudad más poderosa de Grecia. La lección es brutal en su simplicidad — una ciudad que no puede alimentarse, no puede resistir.

Durante el período napoleónico, el Bloqueo Continental (1806-1814) representa quizás el primer intento moderno de guerra económica total. Napoleón prohibió a toda Europa continental comerciar con Gran Bretaña, buscando asfixiar su economía industrial. El resultado fue paradójico: Gran Bretaña sufrió, sí, pero también se vio obligada a diversificar mercados hacia América Latina (abriendo rutas que luego consolidarían el comercio atlántico), mientras que Francia y sus aliados perdieron acceso a manufacturas británicas y a insumos coloniales que resultaron ser insustituibles. Como analizó David Landes en The Wealth and Poverty of Nations, los bloqueos que pretenden aislar a un poder industrial terminan por reorganizar el comercio global más que por destruirlo — pero siempre a costa de los actores más débiles de la cadena. Por cierto, una reconfiguración muy similar a lo que estamos observando en la actual invasión de Estados Unidos e Israel contra Irán.

La Guerra Civil Estadounidense (1861-1865) provee uno de los ejemplos más estudiados del impacto de un bloqueo sobre economías dependientes de un solo producto. La Unión bloqueó los puertos del Sur, impidiendo la exportación de algodón hacia Europa. El efecto inmediato se sintió no en los campos de batalla de Virginia, sino en los telares de Lancashire, Inglaterra, y en las hilaturas de Lyon, Francia. Miles de trabajadores textiles europeos quedaron desempleados. El Sur, incapaz de financiar su guerra con las divisas del algodón, colapsó también económicamente. El bloqueo no fue un complemento de la estrategia militar: fue parte central de ella. Esta estrategia —conocida como el Anaconda Plan del General Winfield Scott— es un manual clásico sobre cómo el control marítimo puede sustituir batallas terrestres costosas.

El bloqueo aliado a Alemania durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue quizás el más mortífero de la historia moderna en términos de impacto sobre la población civil. La Royal Navy cortó el acceso alemán a alimentos, fertilizantes y materias primas. Se estima que entre 400,000 y 750,000 civiles alemanes murieron por desnutrición y enfermedades relacionadas con el hambre durante y después del conflicto. El historiador económico Avner Offer en su obra The First World War: An Agrarian Interpretation documentó cómo la dependencia alemana de las importaciones de nitratos para fertilizantes —que llegaban por mar— fue uno de los factores decisivos en el colapso de su capacidad de producción de alimentos. Una lección que los estrategas militares no han olvidado.

Ya en el siglo XX, el bloqueo naval de Cuba por Estados Unidos durante la Crisis de los Misiles (1962) —llamado eufemísticamente “cuarentena” para evitar la connotación de acto de guerra— mostró el bloqueo como instrumento de disuasión nuclear. Pero el embargo comercial prolongado que le siguió durante décadas ilustra algo más relevante para este análisis: el bloqueo económico crónico como herramienta de presión sobre naciones más débiles tiene efectos acumulativos devastadores sobre el bienestar de la población civil, independientemente de los objetivos políticos declarados.

La mecánica económica del bloqueo: por qué golpea más duro a los más débiles

Aquí es donde la historia converge con la teoría económica y con el debate Norte-Sur que atraviesa siempre mi investigación académica. Cuando hablamos de un bloqueo naval, no lo debemos analizar como un hecho aislado, sino como un factor más al contexto que actúa sobre la economía de una nación a través de varios mecanismos simultáneos que distorsionan la oferta y demanda global:

Primero, interrumpe la oferta de bienes esenciales. Las naciones que importan alimentos, energía o insumos industriales ven inmediatamente amenazada su seguridad básica. No todas las economías tienen la misma capacidad de sustitución. Un país con industria diversificada y mercado interno amplio puede aguantar meses; uno que importa el 80% de sus alimentos —como varios países del Golfo Pérsico hoy, o como la Grecia clásica hace 2,400 años— entra en crisis en un cerrar de ojos.

Segundo, dispara la prima de riesgo y los costos logísticos. Como indicaba en posts anteriores sobre el Estrecho de Ormuz, no hace falta que falte físicamente el petróleo para que suban los precios: basta que suba la percepción de riesgo para que los seguros marítimos se encarezcan, los fletes aumenten y las navieras desvíen rutas. Este incremento de costos se traslada río abajo, hacia los consumidores finales, con especial ferocidad en los países más pobres, donde la elasticidad de la demanda de alimentos y energía es naturalmente baja.

Tercero, deteriora los términos de intercambio de las naciones exportadoras. Si un país exporta un producto primario —café, petróleo, banano, algodón— y ese canal de exportación se interrumpe, el impacto es doble: pierde ingresos de divisas y ve deteriorarse su posición fiscal. Las grandes potencias que imponen bloqueos, en cambio, suelen tener acceso a mercados alternativos y reservas que amortiguan el golpe.

Esta asimetría no es accidental. Es estructural. Y reproduce exactamente el patrón que la literatura sobre dependencia y sistemas-mundo —desde Raúl Prebisch y la CEPAL hasta Immanuel Wallerstein— ha documentado históricamente: el comercio internacional no opera en condiciones de igualdad, y los instrumentos de coerción económica —incluidos los bloqueos— tienden a reforzar, no a cuestionar, esa desigualdad.

Imagen del USS Stark tras ser alcanzado por dos misiles iraquíes “Exocet” en 1987 durante la Guerra de los tanqueros.

Los efectos en el Estrecho de Ormuz actualmente: el bloqueo que no necesita declararse

El conflicto actual en Asia Occidental ha reactivado la amenaza sobre el Estrecho de Ormuz con una intensidad que no veíamos desde la Guerra de los Tanqueros en los años 80 entre Iraq e Irán. Y lo que resulta fascinante —y perturbador— desde una perspectiva histórica es que el bloqueo ya no necesita ser declarado formalmente para producir sus efectos.

El simple incremento de riesgo percibido ha sido suficiente para disparar los precios del seguro marítimo, generar desvíos de rutas hacia África, acumular buques varados y trasladar presión inflacionaria a cadenas de suministro que dependen de esa vía. Como he indicado, por Ormuz transitan cerca del 21% del petróleo mundial, aproximadamente el 35% de las importaciones de trigo de los países que conforman el Consejo de Cooperación del Golfo y grandes volúmenes de insumos petroquímicos que alimentan industrias globales de plástico, farmacéuticos y fertilizantes.

Pero hay algo más que los libros de historia nos recuerdan: los bloqueos navales no terminan cuando se firma la paz. Sus efectos —inflación estructural, deterioro de las cadenas de suministro, deuda acumulada por importaciones más caras, pérdida de competitividad de exportadores periféricos— pueden durar años. Y como siempre, quienes menos herramientas tienen para protegerse son quienes pagan la factura más larga.

El Sur Global no controla ni las navieras, ni los mercados de seguros, ni los mercados de futuros del petróleo, ni los puertos hub que redistribuyen la carga. Tampoco tiene capacidad de imponer bloqueos. Pero sí tiene que absorber sus consecuencias cada vez que las grandes potencias deciden que el mar es un campo de batalla. Es de esperarse que durante varios años estas disrupciones de las cadenas de suministro afecten los bolsillos y la seguridad alimentaria de millones de personas en el Sur Global y que sea la causa de innumerables muertes por desnutrición y desabasto.

La historia no termina: el mar seguirá siendo político

Desde el Helesponto hasta Ormuz, la lección de fondo no ha cambiado: el que controla el mar controla el precio de las cosas, y con ello, el destino de naciones enteras. Los bloqueos navales son la forma más antigua y efectiva de convertir la geografía en poder. Lo que sí ha cambiado es la escala del impacto en todo el planeta.

En un mundo de cadenas globales de valor, donde un contenedor varado en el Golfo puede traducirse en una línea de producción detenida en Asia o en un estante vacío en América Latina, el impacto de cualquier disrupción marítima se multiplica de formas que ningún almirante del siglo XIX habría podido imaginar.

Por eso, estudiar la historia de los bloqueos navales no es un ejercicio nostálgico. Es una herramienta para entender el presente. Y para quienes trabajamos en comercio internacional, política económica o desarrollo, es también un recordatorio incómodo: mientras el poder global siga concentrado en quienes controlan la circulación, los países del Sur seguirán siendo vulnerables, no por falta de recursos, sino por falta de control sobre los nodos por donde esos recursos deben pasar.

Lecturas recomendadas para profundizar:

Este post es parte de la serie sobre geopolítica y comercio del blog. Si te interesa el tema de los estrechos estratégicos, te recomiendo leer también los posts anteriores: “La geografía vuelve a mandar: Malaca y Ormuz en tiempos de la nueva guerra” y “Mucho más que gasolina: el petróleo está oculto en las cadenas globales cotidianas”.

El ascenso de la derecha. ¿Cómo el giro hacia la extrema derecha en Europa impacta la globalización, la sostenibilidad y el comercio?

El giro hacia la derecha en las más recientes elecciones del Parlamento Europeo 2024-2029 (resultados provisionales al día de hoy) ha captado la atención de quienes trabajamos en temas de globalización, sostenibilidad y comercio internacional. Aunque en la extrema derecha europea aún existen algunos negacionistas del cambio climático, la realidad es que la mayoría de los partidos europeos de extrema derecha abogan por una forma de ambientalismo que está estrechamente vinculada al nacionalismo y al proteccionismo económico.

En los últimos meses, estos movimientos han ganado considerable apoyo entre las poblaciones más pobres y de clase media de las zonas urbanas y en países con un alto número de agricultores y en zonas que colindan con “fronteras calientes” cercanas a Ucrania o el Mediterráneo. Estos grupos, que han sido los más afectados por las crisis económicas, la guerra y la creciente inmigración se han visto también afectados por los estrictos estándares y regulaciones ambientales, así como por la creciente competitividad de las importaciones provenientes de Latinoamérica, Asia y África.

Ante esta situación, es previsible que un Parlamento con una mayoría de derecha no se oponga directamente a las políticas ambientales, sino que, por el contrario, las utilice como argumento para frenar la importación de productos de países agrícolas más competitivos en los trópicos. Con una mayoría en el Parlamento, las perspectivas y políticas de la derecha europea podrían ser las siguientes:

La Derecha en las prioridades de la economía y el comercio sostenible

La derecha europea, a diferencia de la derecha anti-ciencia del continente americano, suele caracterizarse por apoyar los esfuerzos locales de conservación y la independencia energética, al tiempo que se oponen a lo que consideran políticas verdes demasiado ambiciosas y económicamente dañinas que ponen más candados a las “inversiones verdes”. Por ejemplo, algunos de estos candados que rechazan en la derecha, son aquellos que “sobreregulan o limitan” el comercio; tal fue el caso de la recien aprobada Directiva sobre diligencia debida de las empresas en sostenibilida (CSDDD) propuesta por el Pacto Verde Europeo. Esta Directiva que arrancó muy ambiciosa, terminó siendo aprobada con reglas más laxas y que impactaría en los bolsillos de un numero mucho menor de empresas grandes. Para la derecha europea, las políticas comerciales deben centrarse en el deseo de salvaguardar las industrias nacionales y promover acuerdos comerciales condicionales que se alineen con sus objetivos ambientales y económicos.

La Derecha y el comercio con América Latina y el resto del mundo

Los partidos de extrema derecha suelen favorecer políticas comerciales proteccionistas y en sus discursos a la candidatura por el Parlamento, prometían priorizar los intereses nacionales y sus cultivos y salarios. Esto se extiende a sus puntos de vista sobre el comercio internacional con regiones como América Latina donde ven un importante proveer de alimentos y granos, pero también ven una amenaza comercial que, en los últimos meses, llevó a que el tratado comercial con el Mercosur se detuviese.

Josep Borrel, el alto representante de Asuntos Exteriores de la Unión Europea (UE), dijo a comienzos del 2024 que lamentablemente no tenía buenas noticias” sobre el tratado de libre comercio entre la UE y el Mercosur. Aunque los países sudamericanos estaban dispuestos a firmar el acuerdo, en Europa hubo una fuerte resistencia, especialmente en Francia, donde la derecha de Le Pen ganó abrumadoramente en las elecciones. En marzo, el presidente Emmanuel Macron ya temía la reacción de los agricultores, quienes enfrentarían una dura competencia con la agricultura altamente eficiente de Brasil y Argentina. Por estas razones, tres meses después, Macron tuvo que convocar a elecciones legislativas tras las aplastantes victorias de la derecha. La derecha europea prefiere acuerdos comerciales bilaterales que beneficien a las naciones europeas y muestra escepticismo ante acuerdos multilaterales más amplios, percibiéndolos como una amenaza para las industrias y empleos locales.

En esa misma línea, algunos líderes de extrema derecha, como los franceses del partido Rassemblement National -RN- de Marine Le Pen han sabido ganar adeptos entre los más pobres y los más ricos por igual. Este partido ha sido un muy activo propulsor de que los acuerdos comerciales deberían estar supeditados al compromiso de los países socios con los estándares ambientales, como las emisiones netas cero. Este enfoque tiene como objetivo alinear las políticas comerciales con sus objetivos ambientales y al mismo tiempo proteger los mercados internos. Como ven, en la derecha europea sí creen en los impactos del cambio climático y sí creen en la necesidad de metas de neutralidad de carbono siempre y cuando se obligue a ambas partes de los tratados a igualar sus estándares.

La Derecha y la sostenibilidad ambiental

Muy distinto a lo que ocurre con la derecha en América, son muchos los partidos de extrema derecha que han adoptado un concepto llamado “patriotismo verde” o “econacionalismo”. Estos partidos creen que es necesario preservar el medio ambiente y a la vez creen en la importancia del patrimonio nacional. Este enfoque critica los acuerdos climáticos internacionales y enfatiza los esfuerzos de conservación locales o mediante tratado bilaterales. Por ejemplo, la derecha francesa de Rassemblement National -RN- ha pasado de negar el cambio climático a promover la “Nueva Ecología”, que prioriza la protección ambiental local, que es xenófoba y que se opone de forma populista a las iniciativas climáticas internacionales a las que acusa de afectar a los “pequeños productores franceses”. Este discurso ha ganado mucho apoyo no solo en Francia sino también en los partidos de derecha en Alemania, Austria, Polonia e Italia.

Sobre el Pacto Verde Europeo, los partidos de extrema derecha se oponen en general al Pacto en su forma actual y consideran que, movilizados por el discurso populista que les ha dado tantos votos, debe mantenerse siempre y cuando no imponga más regulaciones y cargas económicas excesivas a los más pobres. Por ejemplo, apoyan la reversión de regulaciones ambientales estrictas y prefieren transiciones más graduales que no pongan en peligro la estabilidad económica. A su vez, apoyan un Pacto verde fomente políticas económicas nacionalistas que rayan en xenofobia para asegurar que se proteja indiscriminadamente a las industrias locales de los impactos negativos percibidos de las políticas climáticas y económicas globales. Esto incluye oponerse a políticas que, en su opinión, perjudican a las empresas europeas o conducen a precios más altos al consumidor.

Estas y muchas otras políticas reflejan que el Parlamento Europeo en los próximos años tendrá una clara tendencia hacia un enfoque más proteccionista y nacionalista en la gestión de los desafíos ambientales y económicos globales. Para el comercio desde América Latina y del resto de los países del sur global, se vendrán años de muchos retos ya que este nuevo Parlamento podría impactar significativamente en las exportaciones latinoamericanas hacia Europa. Algunas de las barreras a las que deberemos de poner atención son:

  • la implementación de políticas comerciales proteccionistas destinadas a salvaguardar las industrias locales.
  • el uso de nuevas regulaciones ambientales estrictas como argumento para imponer aranceles más altos o prohibiciones absolutas a los productos agrícolas de América Latina o Asia.
  • reducción del acceso al mercado de los exportadores latinoamericanos, particularmente en sectores como la agricultura y las materias primas en las que nuestra región tiene una inmensa ventaja competitiva y excelentes productos.

La soberanía en evolución y los gobiernos autoritarios en el mundo global

El término “soberanía” que a muchos les mencionaron en la secundaria o que quizás estudiaron en alguna carrera universitaria es muy distinto al término del mundo en que vivimos. La historia de este concepto se origina del término latino medieval “superus” que luego fue traducido por lso franceses como “souveraineté” y que se traduce como “poder supremo”. En este caso, el poder supremo o soberanía es aquella que recae en la autoridad de un estado para gobernarse por sí mismo sin la interferencia de terceros. Este término, que muchos usan y definen como si aún viviésemos en la Europa medieval ha dejado de ser tan “supremo” como algunos pretenden hacernos creer.

Uno de los principales grandes cambios de este concepto en constante evolución, radica en que la soberanía de corte medieval perdió su “poder supremo” ya que dejó de depender del poder que antaño tenían los reyes sobre el pueblo y se trasladó a los parlamentos y al pueblo en los gobiernos republicanos y democráticos. Así, esta definición de la soberanía que sirvió en el siglo XVII luego de la firma de la Paz de Westfalia, se mantuvo “suprema” por muy poco tiempo conforme las fronteras territoriales de la realeza cristiana se transformaron gracias a los crecientes flujos que consolidarían la globalización de una Europa que durante muchos siglos pasó aislada del resto del mundo. De esta manera, el crecimiento del comercio intercontinental, la creciente influencia cultural y religiosa de otros continentes y la divulgación de principios político-filosóficos que negaban el derecho divino de los reyes finalmente llegaron a Europa y, desde ahí, afectaron el futuro de principios como la soberanía derivada del latín medieval.

Con la expansión de Europa por América y Asia, el período colonial y postcolonial fue uno de los grandes momentos en los que la violación de la soberanía fue violada a niveles nunca antes vistos. Las potencias europeas de España, Portugal, Gran Bretaña y Francia invadieron y conquistaron colonias soberanas en África, Asia y América bajo la imposición de gobiernos títeres, la explotación y robo de recursos naturales y la destrucción de los sistemas locales de gobernanza de cada territorio y reino conquistados. De esta manera, durante más de 300 años y aún en el periódo postcolonial, el poder de los países europeos sobre sus antiguas colonias se evidencia y la soberanía de estos territorios es el resultado de una historia muy similar a la que tienen las víctimas del síndrome de Estocolmo.

Junto a estos poderes colonizadores europeos, la soberanía se vió doblemente transformada y diluida en el siglo XX primero con la llegada de Estados Unidos y la Unión Soviética al concierto de las potencias globales y el establecimiento de gobiernos títeres durante la Guerrra Fría que crearon los cimientos de dos de los imperios más poderosos y peligrosos que la historia humana ha conocido. En este proceso, la soberanía dejó de ser un poder que recaía en los gobiernos de los países títeres en Latinoamérica o Asia Central y se mantuvo controlada bajo los designios de los gobiernos que a su gusto ponían y derrocaban gobiernos militares o democráticos. En este mismo periódo, la soberanía sufrió enormes transformaciones debido al fortalecimiento de las relaciones comerciales entre los países y el surgimiento de las corporaciones globales. Como resultado de este proceso de capitalización de los países del sur global, la soberanía económica dejó de depender en gran medida de la capacidad de los estados para controlar sus monedas y economías y en algunos países fue controlada completamente por los intereses de una o varias multinacionales (tal fue el caso de varios países de Centroamérica durante los años dorados de la UFCO).

Ya en el siglo XXI, la soberanía como un concepto sigue definiendo aquel ideal medieval y muchos gustan de decir que “la soberanía recae en el pueblo” de aquellos países que dicen tener sistemas democráticos de gobierno. Sin embargo, esa soberanía popular es una ficción más que debido al poder que siguen manteniendo las potencias económicas y las grandes multinacionales se muestra como un peligroso ideal que moviliza a las masas con fines engañosos.

Si la historia nos ha demostrado algo, es que en el mundo interconectado en que vivimos, las acciones de los gobernantes de cada país y las acciones de sus ciudadanos tienen de soberana e independientes lo que tiene el estómago o un riñón del resto del cuerpo de un ser humano. Como un cuerpo único, los ciudadanos pertenecemos a una comunidad de naciones en cuyo interés principal se encuentra mantener la estabilidad del sistema económico capitalista en que vivimos, sin interrupciones y sin crímenes de guerra, conflictos armados o desequilibrios políticos significativos. Al respecto, cuando un país o varios deciden alterar este equilibrio, la soberanía, entendida no como en la definición medieval sino en una efinición contemporánea de “poder compartido de decisión de las partes sobre un todo”, se ve afectada cuando alguno de los actores señala que el derecho internacional, los derechos humanos, la economía internacional u otro se han visto alteradas por un tercero.

La soberanía es más que un concepto cáduco del período medieval, la soberanía es una herramienta que debemos de definir como un concepto en constante evolución no solo en sus poderes y alcances sino también en sus límites y extremos. En estas épocas, en que la “violación de la soberanía” es invocada caprichosamente por gobiernos corruptos, autoritarios o déspotas es importante que los ciudadanos educados cuestionemos los intereses de quienes invocan el concepto del “poder supremo de un estado para decidir sobre su propio destino”. Las épocas de estas decisiones quedaron ya en el pasado, muchos siglos atrás y en el actual mundo global en que vivimos no nos queda más que buscar navegar, agenciar y negociar dentro de este mundo de aparente equilibrio global.

Se amplió el BRICS: ¿más rivalidad o cooperación en la búsqueda del desarrollo sostenible?

El bloque de países BRICS, que agrupa las principales economías emergentes del sur global, realizó recientemente un nuevo paso para ampliar su alcance e influencia con el anuncio de que seis países más fueron invitados a unirse como nuevos miembros. Con la integración de Argentina, Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos a los BRICS se conformará a partir del 01 de enero de 2024 uno de los grupos económicos más importantes del planeta. Desafortunadamente, esta decisión no surge de la búsqueda de la cooperación internacional en el ámbito económico con fines de fomentar la sostenibilidad ambiental o la igualdad de condiciones en el mercado. Menos aún, los países no se unieron con las intenciones de fomentar los objetivos del desarrollo sostenible de la Agenda 2030. En el aspecto político y económico, los países siguen fomentando prácticas que dividen la economía y se alejan de construir soluciones a los problemas ambientales, la escasez de recursos y la eliminación de la pobreza de los países del sur global.

Al respecto, la CEPAL puntualiza en el informe “Construir un futuro mejor. Acciones para fortalecer la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible” que los países se encuentran actualmente en la encrucijada de tomar alguno de los siguientes caminos: a.) mantener el viejo modelo económico y político de aislamiento entre los países ricos, b.) Fomentar la rivalidad entre las economías principales y crear sistemas políticos proteccionistas con el fin de crecer la competitividad de las naciones y, b.) construir acuerdos globales de cooperación, fortalecimiento de la democracia y creación de mecanismos de cooperación multilateral para corregir los problemas estructurales del viejo modelo (CEPAL, 2021). Con el desarrollo de los más recientes acontecimientos bélicos en Europa y las crisis económicas resultantes de la pandemia COVID-19, la agilización de una transición hacia el segundo modelo de rivalidad entre las economías ha aumentado y se acelera con preocupación para el mundo. La rivalidad y su alejamiento de la búsqueda de un desarrollo sostenible compartido por los países más poderosos de la economía se ha reducido y la capacidad de los estados del sur global de buscar el apoyo financiero y técnico de las economías desarrolladas se ve truncada ante una mayor competencia geopolítica.

La ampliación del BRICS es particularmente preocupante como un nuevo sistema de rivalidad global ya que es difícil encontrar puntos en común entre los seis países invitados a unirse a este sistema y cada uno de estos países tiene un rol muy importante en el liderazgo de sus regiones. La integración a este nuevo sistema podría implicar una reducción en la importancia que las decisiones globales en torno a la Organización de las Naciones Unidas. Y sus efectos se verán reflejados en una creciente polarización, falta de decisiones en temas globales como el medio ambiente, el cambio climático o la reducción de la pobreza y, preocupantemente, en un mundo menos predecible y coordinado entre los actores participantes. Junto a esto, se suma que en el mundo policéntrico que se empieza reconfigurar, se empiezan a observar a la vez un sistema internacional que sufre de amenazas híbridas que resultarán difíciles de identificar, predecir y resolver. Y, para los países más pobres del sur global, esto sistema policéntrico liderado cada vez más por países en rivalidad resultará en un escenario menos abierto a la cooperación internacional, la transferencia de tecnologías y la búsqueda de políticas conjuntas para la solución de amenazas globales compartidas.

La ampliación del bloque de países BRICS es una actividad más que, junto con la continuación de la guerra híbrida entre Rusia, Ucrania y la OTÁN evidencian el surgimiento en los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas de nuevas vulnerabilidades y búsqueda de intereses unilaterales que debilitan la búsqueda de acuerdos comunes que fomenten un desarrollo sostenible global. En estas nuevas condiciones, las acciones en conjunto que realice el BRICS serán una advertencia al resto del mundo respecto a si aumentarán las vulnerabilidades de un planeta cada vez más policéntrico en el que bloques busquen intereses meramente egoístas, pecuniarios, cortoplacistas e incluso antidemocrático o si, como resultado, la creación de un nuevo bloque en torno a BRICS, fomentará la construcción de objetivos compartidos alineados a las metas del desarrollo sostenible de la Agenda 2030 y las visiones de construcción de una nueva economía circular de alcance global.

Tiempos de incertidumbre: crisis económicas y búsqueda de soluciones en la era moderna

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El estudio de las crisis económicas ha sido uno de los principales campos de estudio y preocupación tanto de las ciencias económicas, como de las sociales, políticas e históricas. Desde sus áreas de experiencia y perspectivas, todos quienes se han aproximado al estudio de las crisis, sus causas y sus efectos han tenido distintas conclusiones, análisis de causalidad y propuestas para combatirlas y evitarlas. Durante décadas, sin embargo, las crisis económicas han continuado ocurriendo y resultando por y con las complejas relaciones creadas por la “mano invisible” del mercado que Adam Smith referenció como aquella en la que,

“El rico apenas consume más alimento que el vecino pobre. La calidad puede ser muy diferente y la preparación más delicada, pero, por lo que toca a la cantidad, es poca la diferencia. Pero compárese el espacioso palacio y la gran guardarropía del uno con la mísera choza y los harapos del otro y se hallará que la diferencia en albergue, vestido y ajuar es tan considerable en lo que respecta a la cantidad como a la calidad. El deseo de alimento se halla limitado en todos los seres humanos por la limitada capacidad de su estómago, pero el deseo de conveniencias, aparato mobiliario, ornato en la construcción, vestido y equipaje, parece que no tiene límites ni conoce fronteras”

Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones (Adam Smith, 1776)

En estas circunstancias de infinitas relaciones humanas y ambientales, las economías capitalistas modernas han debido plantearse soluciones ante las crisis económicas que una y otra vez han afectado a la humanidad. Ante estas situaciones cíclicas, distintas teorías en torno a las causas de las crisis económicas y las propuestas han abundado como soluciones. Algunas generalidades que podemos observar de las crisis económicas es que se han compuesto por las fases de (a) expansión y auge económico; (b) el inicio de la crisis, como el momento en el que la expansión se detiene y empieza el declive; (c) la caída, depresión o contracción económica y (d) la recuperación de la actividad económica.

En la antigüedad, las crisis económicas eran catastróficas y sus efectos resultaban principalmente de efectos ambientales como las malas cosechas consecutivas, las plagas y los desastres naturales. Como consecuencia, el auge económico se detenía e inmediatamente se observaba una depresión generalizada que resultaba en el hambre, enfermedades y reducción demográfica significativa. Posteriormente, la recuperación lenta iniciaba con una reducción de la oferta y demanda de productores y compradores que habrían de reconstruir las condiciones mínimas de sobrevivencia para poder empezar a consumir. Las guerras, además, contribuían a estas situaciones sumando tiempo a la duración de las crisis o alargando la recuperación. Desde la antigüedad, estas condiciones de crisis han acompañado a las economías agrarias, feudales y mercantilistas y, con el advenimiento del capitalismo y la economía mixta, se incrementaron y pronunciaron las causas y los efectos que creaban ciclos cada vez más complejos y dañinos.

El triunfo de la Muerte de Pieter Brueghel el Viejo es uno de los mejores ejemplos del impacto de las crisis en la época medieval

Durante los últimos dos siglos, los grandes debates entorno a las causas de las crisis y sus recuperaciones han involucrado relaciones complejas entre los mecanismos de precios, la capacidad productiva, la creación de plusvalía y la insuficiente demanda efectiva de los bienes y servicios generados por quienes controlan los bienes de producción. Al respecto, el sistema económico capitalista ha funcionado en ciclos económicos de expansión y depresión inevitables y que, a pesar de ser postergables, su retraso ha implicado crisis y efectos económicos más amplios. Ante esto, propuestas macroeconómicas en las últimas décadas han propuesto políticas que fomentan las crisis económicas con el fin de “enfriar” las economías y reducir los impactos complejos de la famosa metáfora smithiana de la mano invisible en acción.

Las crisis han evolucionado y sus impactos se han globalizado. De la misma manera, sus efectos son cada vez más desastrosos e impactantes en la sociedad, el medio ambiente y la estabilidad política de los países y cada crisis es ahora un “parteaguas” de la historia misma y sus efectos son cada vez más funestos.

Pintura: La crisis económica en Creta. Autor:  Miki De Goodaboom

A pesar de que muchos filósofos, políticos y economistas han buscado explicar y entender los ciclos económicos, aún nos quedan muchas dudas y respuestas respecto al análisis ético que de las mismas se debe realizar para entender los medios a implementar con tal de perseguir ese fin último en que creen los defensores del capitalismo para alcanzar niveles ¿realmente anhelados? de un crecimiento económico por siempre expansivo y de auge en el que no haya límites económicos, de bienes de producción, de capacidad productiva o medio ambientales. Tal y como con los terremotos y huracanes, su predicción y previsión es aún imposible pero cada vez más contamos con herramientas de análisis desde distintos sectores académicos para profundizar en las causas subyacentes y en los mecanismos adecuados en cada contexto para ralentizar las depresiones y reducir los efectos negativos en las poblaciones más vulnerables y los ambientes más sensibles. La tarea de los países del sur global reside en preparar a sus burocracias y elites empresariales para comprender el rol social que sus actividades individuales tienen para contribuir a estas previsiones y reducir los daños en las poblaciones sensibles de ancianos, mujeres y niños que suelen ser los grupos más afectadas en cada ciclo.

Pintura: Un encuentro en el camino de la fantasía. Autor: Emmanuel Garibay. Orige: Filipinas. (1993)