Mucho más que gasolina. El petróleo está oculto en las cadenas globales cotidianas

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La crisis en Asia no solo encarece el petróleo. También altera la disponibilidad de insumos que impactan en la vida diaria de todas las personas en el mundo, presiona las cadenas globales de suministro y revela por qué la elasticidad de la demanda importa tanto para entender los choques geopolíticos en la economía mundial.

Una guerra en Asia Occidental afecta la extracción, producción y refiniamiento del petróleo, el gas y de un sinfín de insumos petroquímicos básicos para la industria global. Pero su impacto secundario y del cual no se habla mucho, se extiende a toda la cadena industrial que depende de ellos. La disponibilidad se reduce primero en la base del sistema económico, pero la escasez se transmite después a los productos intermedios y finales. Lento pero seguro, los precios aumentan con especial velocidad en esos lugares donde la demanda y la oferta son menos elásticas. Por eso, entender la petroquímica desde una visión geográfica y económica no consiste solo en identificar productos, sino en comprender cómo territorio, logística, poder y elasticidad se articulan dentro de las cadenas globales de suministro. En ese cruce entre geopolítica y economía es donde una guerra regional se transforma en inflación global, vulnerabilidad industrial y reconfiguración competitiva.

Cuando la geopolítica se convierte en escasez cotidiana

Cada vez que estalla una crisis militar en Asia Occidental —región más conocida, aunque de forma imprecisa, como Medio Oriente—, además de la tragedia humana y sus consecuencias geopolíticas, suele intensificarse la atención pública sobre el precio del petróleo para el transporte. Sin embargo, desde una visión global más completa, el verdadero problema es más amplio: lo que entra en tensión no es solo un recurso energético, sino una arquitectura territorial completa de producción, transporte, transformación industrial y distribución global. Asia Occidental no es importante únicamente por sus reservas de hidrocarburos, sino por su posición en corredores estratégicos que sostienen el abastecimiento energético y petroquímico del mundo. Cuando esa región entra en guerra, el impacto no se queda en los mercados energéticos y se transmite hacia productos vitales de la vida humana como fertilizantes, plásticos, fibras sintéticas, empaques, detergentes, recubrimientos, componentes industriales y, finalmente, hacia bienes de consumo cotidiano y etc., etc., etc…

La cadena petroquímica permite observar este proceso con claridad como se observa en la siguiente gráfica elaborada con Google Notebook. En su base se ubican el petróleo y el gas; luego aparecen insumos como nafta, etano, propano, butano y condensados; posteriormente los químicos básicos, como etileno, propileno, metanol, amoniaco y aromáticos y, más arriba, los intermedios y productos finales que alimentan industrias como la textil, la automotriz, la farmacéutica, la electrónica y la construcción. En otras palabras, el actual shock geopolítico en Irán y los países vecinos no solo compromete el precio y disponibilidad de los combustibles, sino que altera una infraestructura material de la globalización. Esta lectura coincide con la literatura sobre cadenas globales de valor y redes globales de producción, que entiende la economía mundial como un sistema fragmentado territorialmente, pero estrechamente coordinado por relaciones de poder, logística y gobernanza empresarial.

Qué productos se afectan primero y cuáles después

Los productos directamente afectados son los que dependen de manera inmediata de la extracción: el petróleo, el gas y las materias primas petroquímicas básicas. Si una guerra daña infraestructura como ya estamos viendo en las noticias, encarece seguros marítimos, interrumpe rutas como el Estrecho de Ormuz o eleva la percepción de riesgo, estos insumos son los primeros en sufrir restricciones de disponibilidad. El efecto inicial es, por tanto, río arriba.

Después (semanas) aparecen los efectos secundarios, que se propagan hacia productos como resinas, plásticos, caucho sintético, fibras sintéticas, adhesivos, espumas, pinturas y detergentes. Estos no dependen directamente de un pozo petrolero o de un gasoducto, pero sí de la estabilidad en el suministro de etileno, propileno, aromáticos o gas natural.

La lógica es acumulativa: primero suben los costos de los insumos base, luego se encarecen los químicos básicos, y finalmente se presionan las manufacturas y los bienes finales. Desde la economía política internacional, este fenómeno confirma que la interdependencia global no elimina la vulnerabilidad; más bien la redistribuye a través de redes complejas en regiones del sur global que no fabrican estos productos primarios y a algunos sectores que absorben el choque antes que otros (preocupantemente en la industria de alimentos en los países más pobres).

Por eso, aunque el conflicto ocurra lejos del consumidor final, sus efectos terminan siendo tangibles en sectores como empaques, alimentación, ropa, electrodomésticos, vehículos, farmacéuticos, materiales de construcción o productos de cuidado personal. La disrupción comienza en la energía, pero no termina allí. Llega a los estantes, a las cadenas logísticas, a los márgenes empresariales y a la inflación de bienes intermedios y finales. Lo que parece una crisis “regional” se convierte rápidamente en una perturbación sistémica.

Elasticidad de la demanda: la clave para entender por qué los precios suben tanto

Aquí entra un concepto central de la microeconomía con profundas implicaciones geográficas: la elasticidad-precio de la demanda. Esta mide cuánto cambia la cantidad demandada cuando cambia el precio. Cuando la demanda es inelástica, los consumidores o las industrias no pueden reducir significativamente su consumo aunque el precio aumente. Eso es exactamente lo que ocurre, en el corto plazo, con muchos energéticos y petroquímicos básicos. Las refinerías, las plantas químicas, los sistemas de transporte, las cadenas industriales y los procesos manufactureros no pueden sustituir rápidamente ciertos insumos sin incurrir en costos elevados o sin detener producción.

Arezki y Blanchard en un paper para el FMI explican que, cuando la oferta y la demanda son poco elásticas, incluso perturbaciones relativamente acotadas pueden traducirse en variaciones fuertes de precios. En el caso del petróleo, esto ayuda a entender por qué una amenaza geopolítica puede disparar los mercados antes de que exista una escasez material plena. No se trata solo de cuántos barriles faltan, sino de cuán difícil es ajustar el sistema en el corto plazo. La expectativa de una interrupción, en un mercado rígido, ya es suficiente para amplificar el precio. Robert McNally lo analiza también en su libro Crude Volatility: The History and the Future of Boom-Bust Oil Prices detallando como los “boom” petroleros han causado la riqueza de unos y la pobreza de muchos otros.

La literatura sobre energía refuerza esta idea. El meta-análisis de Labandeira, Labeaga y López-Otero muestra que la demanda energética tiende a ser inelástica tanto en el corto como en el largo plazo, aunque con diferencias por tipo de energía, sector y contexto nacional. En el corto plazo, la rigidez es especialmente visible: hogares, empresas y Estados no pueden transformar de un día para otro su matriz energética, sus tecnologías o sus proveedores. En consecuencia, el ajuste frente a una crisis se realiza más por precio que por sustitución inmediata.

La elasticidad también es geografía

Desde la Geografía Económica, la elasticidad no debe entenderse solo como una relación abstracta entre precio y cantidad. También expresa una condición territorial, tecnológica e institucional. Un país que importa casi todos sus energéticos, una industria que opera con un único insumo petroquímico, una naviera que depende de una ruta crítica o una fábrica sin proveedores alternativos muestran formas concretas de rigidez estructural. La baja elasticidad, en este sentido, no es solamente un dato económico: es una manifestación de dependencia espacial.

Yeung y Coe sostienen que las redes globales de producción funcionan bajo presiones simultáneas de costo, poder de mercado, disciplina financiera y riesgo territorial. La guerra en Asia Occidental altera precisamente ese entorno de riesgo y obliga a las empresas a recalcular rutas pasando por África, buscar nuevos proveedores en Rusia u otros lugares, revisar los inventarios y calcular de nuevo los costos de aprovisionamiento. Así, la geopolítica no aparece como un “shock externo” al mercado, sino como una dimensión fundamental de su funcionamiento. La economía global no flota en el vacío: descansa sobre territorios específicos, corredores estratégicos e infraestructuras vulnerables.

Cadenas de suministro, poder y vulnerabilidad

La perspectiva de las cadenas globales de valor y de las cadenas globales de mercancías, desarrollada en obras de autores como Gary Gereffi, Miguel Korzeniewicz y, más recientemente, Stefano Ponte, permite entender que no todos los actores enfrentan una crisis de la misma manera. Las grandes multinacionales con capacidad de diversificar proveedores, asegurar inventarios, renegociar contratos o trasladar costos tienen mayor margen de maniobra. En cambio, los países periféricos e incluso los monopolios en estos países que son importadores netos de energía suelen absorber el impacto con menos instrumentos. Por ello, la guerra en Asia Occidental no solo está elevando los precios. También está redistribuyendo el poder dentro de toda la economía mundial. Mientras algunos actores convierten la crisis en una oportunidad para especular o enriquecerse con información privilegiada, y mientras otros aprovechan para especular con el reposicionamiento estratégico, otros (la gran mayoría) enfrentan deterioro de su competitividad, mayor vulnerabilidad externa y una dependencia más profunda que durará meses o años en recuperarse según se perfila el actual conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel con el ataque preventivo en Irán.

Una vez más, con la crisis y la guerra, reconfirmamos que la globalización no eliminó la geografía. La volvió más estratégica. Los cuelos de botella marítimos como el Estrecho de Hormuz y las capacidades logísticas son parte de una misma estructura de gobernanza material. Cuando uno de esos nodos se desestabiliza, toda la red siente el impacto. Y, quienes pagan las facturas más caras son los consumidores finales en todas las esquinas del mundo.

Lecturas mencionadas en este post:

La geografía vuelve a mandar: Malaca y Ormuz en tiempos de la nueva guerra

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Hace una década escribí un paper sobre el Estrecho de Malaca y su rol como uno de los espacios geopolíticos más críticos para el comercio y la seguridad energética. En aquel momento el argumento podía sonar “técnico”: rutas marítimas, volúmenes, piratería, riesgo, dependencia de importaciones. Hoy, con la reactivación de los conflictos armados en Asia Occidental (aka. Medio Oriente) y la tensión directa sobre el Estrecho de Ormuz, esa tesis ya no se lee como un ejercicio académico sino como un recordatorio para interpretar el presente.

Lo que está en juego una vez más no es solo “un estrecho más” en el mapa. Es la arquitectura física de la economía global: las redes logísticas dependen de pasos geográficos estrechos y que, cuando uno se vuelve incierto, el costo se propaga a toda la cadena (energía, fletes, seguros, insumos industriales, alimentos e inflación globalizada).

La globalización no flota: se “atasca” en lugares muy concretos

En el paper sobre Malaca sostuve una idea simple: los flujos globales tienen puntos de paso obligados. El comercio marítimo se concentra porque el planeta (y la ingeniería portuaria) no permiten infinitas alternativas y porque el transporte terrestre sigue siendo aún muy caro. Por eso, un cuello de botella puede convertirse en palanca estratégica y herramienta de política económica.

Esta lógica aparece también en análisis contemporáneos de seguridad marítima: los estrechos no son “accidentes geográficos”; son nodos estratégicos dentro de un sistema interdependiente donde el tránsito comercial, el poder naval y el control marítimo se superponen. Un informe del Hague Centre for Strategic Studies lo sintetiza con claridad: en los extremos del Océano Índico se ubican dos de los cuellos de botella más relevantes de la actualidad: los Estrechos de Malaca y Ormuz. El cuello de botella del Estrecho de Malaca es en su punto más angosto de tan solo 38 kilómetros. y el del Estrecho de Ormuz es de 33 kilómetros.


Malaca: el corredor que conecta el taller del mundo

Malaca es el corredor que vincula el Océano Índico con el Pacífico y la vía hacia y desde las cadenas de valor que alimentan a Asia oriental. En mi texto destaqué por qué, para China, la dependencia de ese paso se vuelve un problema estructural: el estrecho concentra tránsito, está expuesto a disrupciones y obliga a pensar en rutas alternativas (oleoductos, corredores terrestres costosos, diversificación de puertos y préstamos a países en la región, entre otros).

Esa idea tiene eco en literatura geopolítica más amplia. especialistas como Will Rogers del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense o Roger Kaplan en el libro la Venganza de la Geografía, usan Malaca como ejemplo de geografía que condiciona la estrategia: un paso “estrecho y vulnerable” cuya relevancia crece en una continuidad que enlaza el Indo-Pacífico con Medio Oriente. Y junto a ellos, desde el campo de estrategia marítima, Geoffrey Till en el libro Poder naval: una guía para el siglo XXI insiste en que el mar no es un “vacío”: es infraestructura de poder y comercio; las rutas marítimas y sus restricciones geográficas se vuelven determinantes para la proyección económica y política.

Ormuz: la válvula del sistema energético global

Si Malaca es el corredor del comercio Asia–mundo, Ormuz es la válvula del Golfo Pérsico y de toda Asia Occidental hacia el mercado global. La U.S. Energy Information Administration estima que por Ormuz transitan del orden de ~20 millones de barriles por día (aprox. una quinta parte del consumo mundial de líquidos petroleros), además de flujos relevantes de gas natural licuado. Visual Capitalist en la siguiente gráfica confirma que, de los 100 millones que barriles que consume el mundo diariamemente, el 20.9% transita por el Estrecho de Ormuz (casi tanto como el que transita por Malaca -23.7%-):

Esa centralidad explica por qué, cuando Ormuz entra en zona de riesgo, la economía global reacciona con la lógica de “prima de guerra”: no hace falta que falte petróleo o gas físicamente para que suba el precio; basta que aumente la probabilidad de interrupción, que suba el costo de los seguros, que haya desvíos y que el tiempo de tránsito se dispare.


La coyuntura actual: conflicto armado y disrupción logística

Las noticias más recientes describen un deterioro rápido de la situación: advertencias y ataques a buques, tráfico reducido, envíos varados, incrementos en los costos de flete y de cobertura de riesgo en aumento de precios. Reuters reportó la preocupación oficial del sector naviero griego ante una situación “alarmante” y la recomendación de evitar la zona mientras que los precios en toda Europa y Asia se fueron al alza. AP ha documentado disrupciones que se extienden más allá del petróleo (manufacturas y carga en general, farmacéuticos, electrónicos, derivados petroquímicos, alimentos, entre otros), con acumulación de buques varados y sobrecostos logísticos. Otros medios de comunicación, señalan ya alzas fuertes en crudo y gas por el impacto del conflicto en producción y tránsito marítimo.

Asimismo, el bloqueo potencial del Estrecho de Ormuz por mucho tiempo pondría en riesgo la existencia misma de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (GCC, por sus siglas en inglés) que importan la mayor parte de sus alimentos y agua por esa vía. En promedio, los países del GCC importan alrededor de 85% de sus necesidades alimentarias y una parte relevante de esos granos y básicos entra por rutas que dependen de chokepoints; por ejemplo, estimaciones académicas y de centros especializados indican que ~35% de importaciones de trigo y granos forrajeros del GCC pasan por Ormuz, y que ~81% del arroz importado se embarca por esa vía. En la coyuntura actual, esto importa porque el “shock” no se limita al crudo: cuando sube el riesgo (seguros, desvíos, demoras), se encarece y se vuelve más frágil la logística de alimentos hacia puertos hub del Golfo.

En agua, el vínculo es más indirecto pero potencialmente más crítico porque la seguridad hídrica del Golfo depende masivamente de la desalinización, y varios países obtienen una proporción muy alta de su agua potable de plantas costeras (p.ej., se citan cifras del orden de ~70% en Arabia Saudita, ~90% en Kuwait, y valores altos también en Omán y EAU). Esas plantas son infraestructura costera (tomas de agua, energía, químicos, repuestos y mantenimiento) y, en un escenario de escalamiento, el riesgo no es que “el agua pase por el estrecho” como un cargamento, sino que el conflicto armado, las bombas a plantas de desalinización y la disrupción marítima eleven la vulnerabilidad del sistema. Cualquiera de esats acciones empezará a causar no solo interrupciones en insumos industriales, en cadenas de mantenimiento, en energía, o daños/amenazas a instalaciones costeras pueden traducirse en estrés hídrico rápido sino también en motivos para que la población opositora a los regímenes sunnies aumente. La idea de tan alta dependencia del ingreso de agua y alimentos a la región es un claro ejemplo de altísima dependencia de alimentos y agua y una alta dependencia de desalinización.

En términos de impactos de “red”, el fenómeno es claro:

  • El nodo se vuelve incierto → navieras y cargadores empiezan a reaccionan.
  • Sube el costo del riesgo (seguros de riesgo, sobrecostos en claúsulas de riesgos de guerra y otras cláusulas y recargos vinculados) → se encarece el flete.
  • Se desvían rutas (por ejemplo, rodear el sur de África) → aumentan días o semanas, incrementa uso de combustible, aumenta la congestión portuaria.
  • Se recalculan inventarios (“just-in-time” deja de funcionar) → inflación importada y tensión productiva aumenta.

Por qué estos estrechos revelan la desigualdad real de la economía mundial

Hay una lectura incómoda que se vuelve evidente cuando comparas Malaca y Ormuz: la interdependencia es asimétrica. Los costos del shock no se distribuyen “parejo” y algunos pagan la facturas:

  • Quienes controlan el financiamiento, los seguros, las certificaciones, los puertos hub y las navieras suelen trasladar costos “río abajo” al consumidor final y a los países del sur global.
  • Economías importadoras de energía o exportadoras de bajo margen, son las que tienden a absorber el golpe vía inflación, deterioro de términos de intercambio y presión fiscal.
  • Muchos países quedan atrapados entre dos realidades: necesitan insumos de los mercados globales, pero no controlan ni las reglas ni los puntos físicos por donde pasa la circulación.

Esto conecta directamente con el argumento que yo había planteado con Malaca: el “estrangulamiento” no es solo militar; es poder sobre la circulación. Un chokepoint permite influir en precios, tiempos y viabilidad de rutas. Y por eso, en épocas de crisis, el mapa manda: los discursos de “mercados fluidos” se subordinan a geografía, logística, riesgo y coerción.

Dicho de otra forma: la red global existe, pero no como simetría. Existe como una distribución desigual de control sobre la circulación y de capacidad de comprar resiliencia.

¿Existen alternativas? Sí, pero nunca equivalentes

En el paper yo resaltaba la respuesta típica ante Malaca: buscar bypasses (corredores terrestres, oleoductos, diversificación) y reducir dependencia. Como hemos visto en los últimos 10 años desde ese paper, la billonaria inversión que China ha hecho en la Ruta terrestre de la Seda no se da abasto para siquiera acercarse a funcionar como un bypass. Tan solo en la última década, la inversión acumulada de la RPdeChina bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Ruta de la Seda) se estimaba en el orden de US$1.0–1.2 billones de 2013 a 2023, combinando contratos de construcción e inversión no financiera (con desglose aproximado de US$634 mil millones en construcción y US$419 mil millones en inversión e). Aun así,este monto no “reemplaza” Malaca ni el transporte marítimo porque el mar sigue siendo, por física y economía, el modo más barato y masivo para mover contenedores y graneles: los corredores terrestres (ferrocarril/carretera) tienen capacidad mucho menor, más fricciones fronterizas y regulatorias, costos logísticos más altos para cargas pesadas/voluminosas y a menudo requieren transbordos (tren–camión–tren) que reducen la eficiencia; además, gran parte del comercio Asia-Europa y Asia-Oriente Medio depende de una red portuaria y naviera ya instalada, con economías de escala difíciles de igualar.

Ormuz muestra lo mismo: existen opciones parciales en la Península Arábiga o hacia el norte de Asia Occidental (terminales fuera del estrecho, oleoductos hacia otras costas) pero tienen capacidad limitada y no reemplazan de inmediato el volumen del corredor principal. Cuando el sistema fue optimizado por décadas para una ruta, los “planes B” rara vez absorben el shock sin fricciones: no es solo de trazar una ruta distinta en el mapa. Se requiere capacidad instalada, terminales, almacenamiento, seguridad, coordinación operativa y contratos. Por eso, cuando ocurre una disrupción, la red no “migra” como estamos acostumbrados ahora a imaginar con el software: migra como infraestructura pesada de forma lenta y con efectos conexos. El resultado típico es un reemplazo imperfecto: el flujo puede continuar, pero con pérdida de eficiencia, más días de tránsito, mayores costos de trasporte y un alto incremento en costos de riesgo que se traslada al precio final de todos los consumidores. En el caso actual, el mercado ya no estará descontando (o sumando) esa prima, manteniendo presión alcista por el riesgo asociado a Ormuz.

Malaca te enseña el mecanismo, Ormuz lo confirma

La vigencia de lo que escribí hace diez años es, en realidad, la vigencia de la geografía en la economía política global: las cadenas de suministro no son solo contratos. Son rutas y esas rutas pasan por estrechos estratégicos.

Malaca y Ormuz son dos caras de la misma estructura: pasoss angostos en los que transita gran parte del comercio, la energía y la organización productiva del planeta entero. Cuando uno se tensiona por competencia o conflicto armado, la red completa “paga”: precios, inflación, abastecimiento y reacomodo de poder.

La pregunta no es si estos puntos seguirán importando. La pregunta es quién paga cuando se rompen y quién tiene el margen de maniobra para protegerse.


Lecturas recomendadas (para profundizar en Malaca, Ormuz y los chokepoints)

El Costo del Calor, ¿cómo el cambio climático afectará la economía global y amenaza la paz mundial?

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Hace unos días fue publicado el artículo de Adrien Bilal de Harvard y Diego R. Känzig de la Universidad de Northwestern analizando el impacto de los cambios globales de temperatura en la actividad económica y su impacto en el crecimiento del PIB per cápita. Este importantísimo artículo ha sido publicado justamente en una fecha muy lamentable para el estudio del cambio climático antropogénico dado que, a partir del 1 de junio de 2024, la media móvil de 365 días de la temperatura de la superficie global alcanzó 1,63°C por encima de la línea de base preindustrial de 1850-1900. Ante esta situación, los expertos están actualizando todos sus indicadores debido al rápido incremento de la temperatura global que está alterando todos los modelos de proyección. A esta crítica situación de valores atípicos, se suma que la anomalía diaria vuelve a superar los 1,7°C.

En el estudio, “The Macroeconomic Impact of Climate Change: Global vs. Local Temperature(link al PDF) Bilal y Kännzig exploran las diferencias entre los efectos de la temperatura global y la temperatura local, destacando cómo estos choques climáticos afectan tanto la productividad como la depreciación del capital, impactando a los países ricos y pobres por igual, aunque de manera exponencialmente más fuerte en los países pobres.

Los investigadores descubrieron que un aumento de 1°Celsius en la temperatura global conduce a una disminución del 12% en el producto interno bruto (PIB) mundial (equivalente casi al PIB de China al 2023), este dato es una estimación mucho más alta que la de análisis anteriores. El mundo ya se ha calentado más de 1°Celsius desde la época preindustrial, y muchos científicos del clima predicen que se producirá un aumento de 3°Celsius para finales de este siglo. La causa de esta aceleración del calentamiento radica en que la quema de combustibles fósiles e industrialización se mantendrá incrementando. El anterior, es un escenario que, según el nuevo documento de trabajo tendrá un costo económico enorme.

El estudio evalúa las consecuencias del cambio climático en el bienestar general y en el costo social del carbono. Bilal y Känzig sostienen que sus resultados indican un costo social del carbono (SCC) de $1,056 por tonelada de CO2 y una pérdida de bienestar del 31% en un escenario de calentamiento moderado. Esto es comparable a los efectos de una guerra perpetua en el mundo.

Estos hallazgos subrayan que el cambio climático no solo es una amenaza significativa para la economía mundial, sino que también tiene implicaciones importantes para la política de descarbonización. Bilal y Känzig destacan que muchas intervenciones de descarbonización tienen un costo que varía entre $27 y $95 por tonelada de CO2 eliminada que también confirma el estudio “Implicaciones económicas de las disposiciones climáticas de la Ley de Reducción de la Inflación” realizado por Bistline et al. en 2023.

La recomendación de los autores enfatiza en la importancia de entender estos efectos para poder desarrollar políticas eficaces que mitiguen el impacto económico del cambio climático y promuevan un crecimiento sostenible que evite los conflictos bélicos.

El cambio climático, al alterar los patrones climáticos y reducir la disponibilidad de recursos naturales esenciales como agua y tierras cultivables, puede exacerbar tensiones sociales y económicas, incrementando la probabilidad de conflictos armados. Las poblaciones afectadas por sequías prolongadas, inundaciones y otros eventos extremos pueden verse forzadas a migrar, generando competencia por recursos escasos en las áreas receptoras y potenciales enfrentamientos. Para detener esta trayectoria hacia la conflictividad, es crucial implementar políticas globales y regionales de manejo sostenible de recursos, promover la cooperación internacional para la adaptación climática y la resiliencia comunitaria, e invertir en tecnologías y prácticas agrícolas sostenibles que optimicen el uso de los recursos naturales. Además, fomentar la descarbonización de las economías y el uso de energías renovables reducirá las emisiones de gases de efecto invernadero, mitigando así los impactos más severos del cambio climático.

Una larga historia de Escuadrones de la Muerte en Guatemala

No hace mucho tiempo en Guatemala se vivía con temor a salir a la calle y nunca regresar. Las desapariciones eran realizadas con las venia del Gobierno para eliminar a sus opositores y regresar a esas épocas es algo que debemos impedir. La primera acción a hacer para no cometer los mismos errores del pasado es recordar.

El ejército guatemalteco mantuvo registros detallados de las operaciones de su escuadrón de la muerte (ver links más adelante), según ha sido documentado por grupos de derechos humanos e informes de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. Entre los registros que ahora tenemos, revelan el destino que dio el ejército a decenas de ciudadanos guatemaltecos que fueron “desaparecidos” por las fuerzas de seguridad a mediados de los años ochenta. En las bibliotecas digitales tenemos ya los reportes de fotografías y cientos de víctimas y referencias codificadas de la manera en que fueron realizadas sus ejecuciones sumarias. La fuente central de la información llega a nosotros de un documento de 54 páginas que fue sacado de contrabando de los archivos de inteligencia del ejército guatemalteco y entregado a los defensores de los derechos humanos en los años 90s, solo dos días antes de que una comisión de la verdad patrocinada por la ONU publicara su informe sobre la sangrienta Guerra Civil de 36 años del país.

El libro de registro cubre la actividad de los escuadrones de la muerte de las unidades de inteligencia guatemaltecas durante un período de 18 meses entre agosto de 1983 y marzo de 1985. Un extracto de dos páginas aparece en la edición de junio de 1999 de Harper’s Magazine. Según explicaban en una nota de prensa de la época y en el mismo artículo explicaban que,

“Este escalofriante documento es el equivalente del escuadrón de la muerte de un informe anual de productividad, una cuenta del interior de los archivos secretos de la máquina de matar de Guatemala”, dijo Kate Doyle, analista de la política de Estados Unidos en América Latina y directora del Proyecto de Guatemala en Seguridad Nacional.  “Es absolutamente único: un raro atisbo de asesinato político organizado desde la perspectiva de los perpetradores que lo cometieron”.

A lo largo de la guerra, el ejército guatemalteco utilizó el secuestro, la tortura y el asesinato en su campaña de contrainsurgencia contra la izquierda guatemalteca. Para cuando el gobierno y las guerrillas firmaron el Acuerdo de Paz en 1996, unas 200,000 personas habían muerto y más de 40,000 “desaparecidos” que probablemente fueron asesinados y lanzados a fosas o incinerados; de este número de muertos y desaparecidos, al menos un 93% estuvo en manos de las fuerzas de seguridad guatemaltecas tanto oficiales como extraoficiales, según explica el libro publicado por el difunto Monseñor Gerardi “Guatemala: Memoria del silencio”, del Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico.

Exhumación en San Juan Comalapa, Guatemala

Luego de la publicación de estos informes se solicitó en los años 90s que el gobierno de Guatemala investigase los delitos detallados en el documento, e identificara y enjuiciara a los responsables. También pidieron al entonces Presidente Álvaro Arzú que tomara medidas inmediatas para proteger los archivos de los servicios militares y de inteligencia para evitar la destrucción de otras pruebas críticas que pudiesen existir sobre los delitos contra los derechos humanos. Ambas acciones nunca fueron realizadas y muchos desaparecidos en los años 80s siguen sin Justicia.

Hoy, los guatemaltecos estamos enfrentando acusaciones de un escuadrón de la muerte organizado desde el gobierno 20 años después de los escuadrones del ejército durante el conflicto armado. Los contextos son distintos pero los resultados son los mismos: violación de los derechos humanos de los guatemaltecos por personas con el apoyo del Gobierno de turno. 

No debemos subestimar la frustración en Latinoamérica con la creciente Corrupción y no debemos subestimar la tolerancia actual a las soluciones tiránicas de gobiernos de “mano  dura” que prometen soluciones enérgicas para problemas intratables. Aprendamos de los errores de nuestra historia que estas acciones solamente sirven para destruir nuestro tejido social y violar los derechos humanos de todos nosotros.

Los gobiernos autoritarios nos han ofrecido intercambiar nuestras libertades individuales y el Estado de Derecho por una mayor seguridad personal y social. La verdad es que esto ha sido un gran engaño y nos han dañado por generaciones. Cuando un gobierno declara que es aceptable matar a sus ciudadanos sin el debido proceso o, en realidad, cualquier proceso, la indignación debió y debería de ser inmediata y clara; sin embargo, en Guatemala por muchas ocasiones nos hemos quedado mudos. La historia de Guatemala ha estado plagada por la violencia política y con el tiempo se ha transformado en violencia de clase. A pesar de la mayoría de los gobiernos formalmente democráticos, el “legado del autoritarismo” persiste y la presencia de “actores armados” prevalece como resultado de una larga historia de violencia. La violencia experimentada en nuestro país ha provocado una erosión del capital social y nos ha sumido en desconfianza social, falta de unidad y miedo. Aún estamos a tiempo de cambiar de rumbo.

February 26: The day the Communist Manifesto was published

These are some of the most used words in The Communist Manifesto
“WordCloud” of some of the most used terms in The Communist Manifesto

26 February, 1848: Karl Marx and Friedrich Engels publish the COMMUNIST MANIFESTO, a political theory that has become one of the modern world’s most influential documents and a source of inspiration for most of our political leaders.

The Communist Manifesto changed the face of the twentieth century beyond recognition, inspiring millions to revolution became an ideological source for millions of deaths (at least 94 million people according to Werth et al. Margolin‘s The Black Book of Communism).  This book has become the basis of political systems that dominate countless lives and continues to ignite violent debate about class and mixed systems of economic and political government today.

If you have never read this book (as most of its advocates have surely not done so) I encourage you to read it and study it attentively.

communist manifesto karl marx book cover

In countries where modern civilisation has become fully developed, a new class of petty bourgeois has been formed, fluctuating between proletariat and bourgeoisie, and ever renewing itself as a supplementary part of bourgeois society. The individual members of this class, however, are being constantly hurled down into the proletariat by the action of competition, and, as modern industry develops, they even see the moment approaching when they will completely disappear as an independent section of modern society, to be replaced …” Manifesto

Table of Online Contents for the Communist Manifesto:

Preamble
I:   Bourgeois and Proletarians
II: Proletarians and Communists
III: Socialist and Communist Literature
IV: Position of the Communists in Relation to the Various Existing Opposition Parties

Other Free Versions for Download: AudioWordepubprcPDF, Kindle.